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Entrevista com Luiza Campuzano

Atualizado em 15 de setembro | 11:44 AM

Por Heloísa Buarque de Hollanda

 

Luiza Campuzano. Cuando llegué a la Universidad, llevaba varios meses en el Consejo Nacional
de Cultura como secretaria de Roberto Fernández Retamar, que había sido mi
profesor en el colegio. Retamar pasó a la UNEAC y yo me quedé, también
como secretaria, con Vicentina Antuña, presidenta del Consejo, quien además
era la directora de la Escuela de Letras y su catedrática de latín y
literatura latina.
Pero vivía en Cuba y, además, vivía intensamente la cultura cubana. Como
trabajé en el Consejo Nacional de Cultura entre 1961 y 1963, estaba inmersa
en el proceso cultural de los primeros años de Revolución, cerca del grupo
de intelectuales, escritores y artistas que se encontraban al frente de las
direcciones del Consejo. Recuerdo mucho a Marta Arjona, a Servando Cabrera
Moreno -con quien iba a almorzar a menudo-, a Lezama Lima -a quien visitaba
todas las mañanas-, a Alejo, siempre apurado, pero que entraba a saludar, a
comentar algo…
En 1966, después de graduada, al tener que decidir por uno de mis empleos,
lamentablemente dejé la Biblioteca Nacional y me fui para la Universidad,
aunque seguía colaborando con El Caimán Barbudo, con la revista Universidad
de La Habana -que dirigí entre 1972 y 1974-y con otras publicaciones.

¿Está hablando de 25 años transcurridos después del triunfo de la
Revolución?

Luiza Campuzano. Sí, y eso es tan apabullante que titulé ese trabajo «La mujer en la
narrativa de la Revolución: ponencia sobre una carencia». Los organizadores
del congreso le quitaron el subtítulo, pero ante mi protesta y con el apoyo
de José Antonio Portuondo, tuvieron que volvérselo a poner. Era un trabajo
que, en su primera parte, aborda la transformación de las mujeres cubanas
en la Revolución, y en la segunda y tercera partes, demuestra cómo, sin
embargo, nada de eso aparecía en la narrativa. Y ahí empezó la historia.
El trabajo fue bastante debatido, pero el silenciamiento de las mujeres
salió a la luz, se hizo evidente para todo el mundo y constituyó un choque,
entre otras razones, porque nosotros teníamos un desfasaje monstruoso y
perverso en relación con lo que se hacía en el mundo.
A partir de las grandes movilizaciones por los derechos civiles, por los
derechos de las mujeres, en contra de la discriminación racial, contra la
guerra en Viet Nam…, todo aquello que se produce en los años 60 como
consecuencia en gran medida de la Revolución cubana, de su influencia en los
movimientos sociales de Europa, los Estados Unidos y la América Latina, uno
de las grandes reivindicaciones era la de las mujeres. Y lo increíble, pero
cierto, era que Cuba, donde por obra de la Revolución se había producido la
incorporación plena de las mujeres al espacio público, sin embargo, seguía
siendo un país culturalmente patriarcal y, como se dice en el lenguaje
político del feminismo, un país machista. Parte de eso se reflejaba en la
ausencia de la mujer en la narrativa, donde se privilegiaban otros temas.
Era más importante -digamos- la unidad, que mostrar las diferencias, de
género, en este caso. Era más importante la idea de que estábamos viviendo
una épica en la cual lo fundamental eran las grandes batallas militares,
esos mundos tan viriles… Y aunque se había aprobado ya el Código de la
familia, no había una interiorización de lo que significaban real y
potencialmente para las mujeres esas grandes transformaciones.
En el mundo, pues, se estudiaba la literatura escrita por mujeres; pero en
Cuba, no. En todas partes había una avalancha de libros escritos por
mujeres; pero aquí, no. Y, sin embargo, las cubanas tenían condiciones
sociales y políticas muy superiores a las que existían en cualquier otro
lugar. Esta contradicción estalló en ese foro. El trabajo se publicó en un
libro mío, en revistas, en antologías, y se añadió como apéndice a la
primera selección de narradoras cubanas. Fue muy importante para mí, pero de
momento seguí trabajando en lo que más me interesaba y me ha seguido
interesando: Alejo Carpentier.

Seis años más tarde, usted dijo: «En Cuba no ha habido crítica feminista:
recién ahora intentamos comenzar». A su juicio, ¿por qué se produce tal
omisión en la crítica literaria cubana a tal altura del siglo XX?

Luiza Campuzano. Creo que, en buena medida, porque no hubo una gran narrativa de mujeres
después de la Revolución, por las razones que apuntaba y ahora reitero:
porque existía una cultura patriarcal, viril, marcial para la que los
grandes temas eran «los años duros», la guerra… Y, además, las tremendas
transformaciones promovidas por la incorporación de la mujer a la sociedad
no eran «interesantes», se consideraban, paternalistamente, no como un
triunfo, sino como una concesión, algo así como: «pero si a las mujeres se
les ha dado todo…» En fin, no hubo narrativa de mujeres, ni tematización o
representación de las mujeres y, por lo tanto, tampoco hubo la crítica que
esa producción habría demandado. Pero tampoco hubo una verdadera crítica,
porque por años existió una tendencia a tildar de burguesa o peligrosa a la
teoría literaria contemporánea.

¿Qué otros temas -además de la literatura clásica y de mujeres – ha
abarcado en sus libros? ¿Resultaron un propósito explícito o respondieron a
algún hecho coyuntural?

Luiza Campuzano. Como te decía, siempre me interesó la literatura cubana y en particular
Carpentier. En 1986, Retamar me pidió que dirigiera el Centro de
Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas. Y entonces me tocó
«matricular» la asignatura América Latina, sumergirme en la América Latina.
Y fue posible porque contaba con el apoyo de la Casa, de su biblioteca, de
gente con gran conocimiento de la América Latina, además de la experiencia
de todos los latinoamericanos que pasaban por ella.
Empecé entonces a trabajar la literatura cubana de viajes, una inmensa
cantidad de textos de escritores
y de hombres públicos de nuestro ochocientos -y de mujeres; por supuesto,
empecé por ellas- que escribieron sobre sus incursiones en la modernidad
europea y estadounidense. De eso he publicado unos cuantos artículos que
forman parte de otro libro en camino.

Usted dirige desde 1998 la revista Revolución y Cultura, abarcadora de un
amplio abanico de temas culturales de la actualidad cubana. ¿Hasta dónde
este trabajo le complementa o le limita lo que, al parecer, sigue siendo hoy
el tema prioritario de su quehacer profesional: la producción intelectual
femenina?

Luiza Campuzano. En fin, que la revista me decidió, fue como un nuevo amante, y me jubilé de
la Universidad en el 2000.
Revolución y Cultura me permite conectarme mucho más con mi entorno. Vivo
aquí, de una manera más intensa, todo. Sé lo que pasa en el cine, entre los
plásticos… Y me acerco a mundos bastante alejados de mí, como la
arquitectura contemporánea, los problemas del urbanismo, o cuestiones
relacionadas con la música popular, que ya no sigo tan de cerca como cuando
era joven… De repente estoy enredada -por ejemplo-con una encrespada
entrevista de Sarusky a José Luis Cortés (El Tosco), o un ríspido artículo
de Mayito Coyula sobre el municipio Playa… Y eso me tiene más al día.
Porque no se trata de seleccionar, leer, revisar, editar… los textos que
aparecerán en la revista. El trabajo editorial implica mucho más. Entrar en
el subtexto, ver lo que está detrás de cada página. Y, por supuesto, saber
también qué están haciendo las otras publicaciones, tomarles el pulso… A
mí me ha interesado siempre el proceso de la cultura. Y un modo privilegiado
de seguirlo es a través de las revistas.

¿Hasta dónde este trabajo en la revista se complementa o se excluye -de
alguna manera-con la labor que realiza en la Casa de las Américas?

Luiza Campuzano. Son cosas muy diferentes. La labor en la Casa de las Américas es
fundamental, no complementaria. El trabajo de la Casa es político. Es el
trabajo de la cultura cubana en su diálogo con la América Latina, la ventana
de Cuba para el mundo tinoamericano, y para las Américas en general, un
espacio de diálogo y de encuentro político, siempre.

¿Pudiera explicarme en qué consiste su trabajo como directora del Programa
de Estudios de la Mujer de la Casa de las Américas y hablarme en particular
del espacio «Mujeres en Líne@»?

Luiza Campuzano. Con el Programa de Estudios de la Mujer pretendemos promover, coordinar y
divulgar investigaciones sobre la producción cultural y la historia de las
mujeres latinoamericanas y caribeñas; y, al mismo tiempo, propiciar la
conexión de escritoras, artistas y académicas cubanas con el abordaje de
estos temas en la región -y en el mundo- para favorecer ese proceso
excepcionalmente productivo de conocer para reconocerse. Cuando conoces lo
que están escribiendo las escritoras latinoamericanas, o lo que están
pintando las pintoras latinoamericanas, o lo que están componiendo las
compositoras latinoamericanas… te conoces mejor a ti misma, sabes más lo
que estás haciendo.
Pero «Mujeres en Líne@» -que se llama así, entre otras razones, porque su
sede está en las calles Línea y G- tiene otra función: la de establecer un
diálogo interdisciplinario -como es de rigor en los estudios de la mujer,
concebidos como una acción transversal que comunica diferentes campos-entre
las creadoras cubanas, las estudiosas del arte y la literatura producidos
por mujeres, y las cientistas sociales, historiadoras, sociólogas,
psicólogas, comunicadoras, las compañeras de la Federación de Mujeres
Cubanas…

Conozco que ha impartido cursos como profesora visitante e invitada en
universidades de los Estados Unidos, América Latina y Europa. Pero, ¿ha
vivido en otras ciudades del mundo o de Cuba, aparte de La Habana, donde sé
que nació?

Luiza Campuzano. Una vez armé un curso de literatura latina medieval porque me fascinaban los
goliardos, esos clérigos que vagaban de universidad en universidad, de
monasterio en monasterio… Y me gusta enseñar, ir a congresos o investigar
en otros países, siempre que sea posible. Eso me ha permitido pasar largas
temporadas en ciudades hermosísimas, como París, donde enseñé en el 85-86; o
como en Bucarest, una ciudad situada en las puertas del Oriente, atravesada
por las más diversas culturas, donde pasé poco más de dos años, a fines de
los 70, aprendiendo a tomar café turco y a llenarme de paciencia ante
infinidad de complicaciones, mientras escribía mi tesis. He vivido en
México, Nueva York, Roma, Gante, Verona, y un tiempo considerable en Brasil,
donde he tenido la oportunidad de dar clases varios meses ¡en Río de
Janeiro! y en Porto Alegre. Sin embargo, para mí no hay otra ciudad como La
Habana. Soy habanera, hija de habaneros y casi nieta de habaneros, un blasón
que poca gente puede exhibir, y como noblesse oblige, pues lo ejerzo… Pero
lo que me ancla en
esta ciudad no es el despliegue de la historia por su trama urbana, o su
cultura… Sino el aire, el sol, el mar, la bendita bronca cotidiana con esa
reverberación, con el ruido que mete… Que en ningún lugar del mundo, en
ninguno…

“Pedro Juan Gutierrez” / Trilogia de Havana – Tomas Alea Gutierrez